LA CONTAMINACIÓN ALIMENTARIA. UN PUNTO DE NO RETORNO



La contaminación alimentaria se define como la presencia de cualquier material anormal en el alimento que comprometa su calidad para el consumo humano y que por tanto, pueda dar lugar a enfermedad. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) esta patología puede ser atribuida a un alimento específico, a una sustancia que ha incorporado, a la contaminación del alimento a través de los recipientes o bien durante su preparación y distribución.

 El incremento en los últimos años de las patologías causadas por alimentos constituye un serio problema de salud pública a nivel mundial, debido a su creciente efecto sobre la mortalidad. Este hecho se ve favorecido por el aumento de los grupos de riesgo más vulnerables como los ancianos y personas con problemas de inmunidad, los niños, mujeres embarazadas, personas con menos recursos, etc. así como también por diferentes causas ambientales: la industrialización y globalización de los mercados y del comercio, los cambios en el estilo de vida, el consumo, y también en gran parte por el turismo.

Los efectos sobre nuestra salud pueden llegar a ser importantes en algunos casos, y por ello es aconsejable seguir algunas de las recomendaciones que detallaremos adelante. En cuanto a sus consecuencias, una intoxicación o contaminación  alimentaria puede ocasionar: artritis y artrosis, problemas hepáticos, inhibición del sistema inmunológico (causado por alteraciones del sistema digestivo que incrementa la susceptibilidad a agentes infecciosos), parásitos, problemas neurológicos, diversos tipos de cáncer, alteraciones en el sistema reproductor, malformaciones fetales etc.





Si intentamos hacer  una clasificación  esquematizada de los contaminantes alimentarios tendríamos:
a)     Contaminantes biológicos: bacterias y parásitos, que contaminan todo tipo de productos, sean frescos o en conservas, aguas potables, etc.
b)    Contaminantes químicos: se encuentran en productos frescos como verduras, frutas. En este grupo se encuentran entre otros los metales pesados (plomo, cadmio, mercurio), presentes en alimentos como la leche, carne fresca enlatada, riñones, cereales, frutas en conserva, condimentos, zumos de frutas, alimentos de bebes, refrescos, aguas envasadas, moluscos, crustáceos o pescados.
c)     Contaminantes radiactivos (Cs-137, Sr-90, I-131, Pu-239): presentes en los cereales, vegetales, leche, agua potable.
d)    Compuestos de nitrógeno (producto de la actividad agrícola): nitratos y nitritos que se encuentran en el suelo, el agua, las plantas y los alimentos de manera natural. 

Sin embargo, la aparición de esta patología  no es solamente un problema causado por la calidad de los alimentos que consumimos, sino también por la cantidad. Según estudios recientes, se producen alimentos suficientes para una población mundial de 6000 millones de personas, pero una mala distribución hace que muchas de ellas sufran de escasez alimentaria para poder tener una vida considerada como medianamente sana.

 A esto hay que añadir la escasez de agua que existe actualmente en todo el planeta, hecho que hace que descienda la producción de alimentos y su calidad, requisito indispensable para la salud. Y el problema se agrava cuando hablamos de países en vías de desarrollo, donde esta falta de agua se traduce en higiene personal deficiente, falta de alimentos y consecuentemente diarreas agudas, infecciones respiratorias, malaria, deshidrataciones e incluso la muerte.






A la vez, la actividad agrícola supone un aumento de los riesgos de exposición a agentes infecciosos, provocados por las alteraciones en los ecosistemas debido al uso indiscriminado de fertilizantes químicos, pesticidas y metales que afectan a la contaminación del suelo y las aguas.

 En España, la producción, recolección, manipulación y posterior distribución de alimentos se basa en una inercia economicista donde lo más importante es hacer que el producto resulte lo más rentable posible en detrimento de la calidad del mismo. Evidentemente, la contaminación del producto que nos llega a través de los mercados no la podemos detectar a simple vista, puesto que no afecta al aspecto y por tanto pasa inadvertida.

 Es por ello, que existen diversos organismos tanto a nivel europeo como nacional, que tienen la misión de garantizar el más alto grado de seguridad alimentaria, como aspecto fundamental de la salud pública. Es el caso por ejemplo de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), un Organismo Autónomo adscrito al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad que se creó en 2001 y que a través de diferentes ámbitos de actuación garantiza la eficacia de los sistemas de control de los alimentos, reduciendo los riesgos de las enfermedades transmitidas o vehiculadas por los alimentos.




Por si todo esto no fuera suficiente, y debido al gran avance de las tecnologías también en el sector de la alimentación, existen los alimentos llamados transgénicos o sometidos a ingeniería genética. Estos son obtenidos a través de un organismo al que se le han incorporado genes de otro para producir las características deseadas con un fin específico: evitar las plagas de insectos, luchar contra los hongos o incluso mejorar las características nutricionales de ciertos alimentos.

 Actualmente, existe un gran debate sobre este tipo de productos, ya que frente a los posibles beneficios que la industria persigue, también existen algunos riesgos y dilemas éticos que están por resolver, por ejemplo: el desconocimiento de su efecto en humanos y animales, así como en las propias plantas a medio y largo plazo (no hay estudios que demuestren su inocuidad), la aparición de posibles alergias, cambios en el material genético y alteraciones en el equilibrio natural de los ecosistemas. 

Pero el problema siempre es el mismo: la desinformación del ciudadano  que vive sin vivir en un mundo que le obliga a consumir más y más, sin saber realmente qué alimentos han sido adulterados o tratados genéticamente, así como poder participar en las decisiones que son tomadas por unos pocos en base a razones económicas y no saludables que afectan al conjunto de nuestra sociedad y a las próximas generaciones.





¿Y existe alguna solución a toda esta contaminación alimentaria? 

La llamada “revolución verde” que comenzó en la década de los sesenta significó la puesta en escena de las grandes producciones intensivas, es decir, producir un mismo producto en enormes extensiones de terrenos, con un número incontrolado de fertilizantes y pesticidas, practicando para ello la deforestación y como consecuencia la desertización. En la actualidad y en algunos países donde han decidido tomar medidas agroambientales contra este problema, han optado por la vuelta a lo natural y a la utilización de métodos agrarios compatibles con la protección del medio ambiente.

 Poco a poco, la agricultura ecológica comienza a abrirse paso entre la gran potencia de las macro producciones, gracias a que la población va tomando conciencia de los múltiples riesgos que supone para su salud. El problema es que en este tipo de producción ecológica, los costes son mayores debido a la lucha de estos pequeños agricultores contra las plagas, los suelos contaminados, la escasez, la mala calidad de las aguas y la competencia de los grandes productores e intermediarios. Los precios de estos productos suelen ser mayores y poco asequibles para una gran parte de la población. 

A continuación se detallan una serie de recomendaciones para prevenir la contaminación de alimentos en vuestras casas:

  • ·        Comprar alimentos que provengan de pequeños productores, lo más cercano a nosotros, de esta manera los productos no hay que tratarlos para prolongar sus características en buenas condiciones.
  • ·        Leer siempre las etiquetas nutricionales para saber cuales son los ingredientes, conservantes y aditivos.
  • ·        Llevar la compra del mercado rápidamente a casa y colocarla debidamente en el frigorífico, congelador o fresquera poniendo especial atención en respetar la cadena de frío.
  • ·        Lavar siempre la fruta y la verdura en abundante agua antes de consumirla tanto en crudo como cocida en el caso de las hortalizas. Pelar la fruta evita la ingesta de parte de los residuos químicos pero resta valor nutricional a la pieza.
  • ·        Desechar los alimentos en mal estado sin dudar.
  • ·        Descongelar los alimentos en el frigorífico y cocinarlos inmediatamente.
  • ·        Mantener la temperatura adecuada en el frigorífico (+-5º) y en el congelador (+-18º).
  • ·        Refrigerar las sobras lo antes posible en recipientes adecuados y bien tapados. Cuando se vayan a usar, calentarlos hasta un mínimo de 75º, las salsas y/o líquidos hasta su ebullición.

   ( Publicado en la revista "Mainhardt//Nº 74.Diciembre-2012. Mar Sorlí, Dietista-Nutricionista.)                              










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