viernes, 18 de mayo de 2012

El Delta del Ebro, un paraíso verde y azul.

El día,  espectacular. Sol radiante con un toque de brisa fresca, cielo despejado, nitidez extrema. Estaba prevista una visita al delta y respirar el aire mezclado de la tierra y el mar. Eran las 12,30 de la mañana del martes y ya estábamos adentrándonos por el margen derecho, en dirección al Poble Nou. Las parcelas estaban casi todas anegadas, se están preparando para comenzar la campaña del arroz. Algunos ya estaban sembrando, otros,  allanando  con caballos y tablas, como se ha hecho durante toda la vida. La gente del lugar es amable y saluda cuando nos detenemos  a curiosear y sacar alguna foto. Es una maravilla creada por la naturaleza durante años y años. La superficie ronda los 320 kilómetros cuadrados totalmente llanos, y divididos en miles de parcelas que reflejan el cielo como espejos.
















Las dimensiones de este paraje, de esta inmensa llanura,  son engañosas. A menudo se confunde el agua dulce con la salada. Es curioso como suelen estar una al lado de otra pero a diferentes alturas. La fauna, aves de todos los tamaños y colores, campa por tierra, mar y aire, a menudo buscando la comida del día. Pero no es problema, hay de todo: granos,  hierba fresca, anfibios, peces, insectos…




También abundan los cañaverales, los juncos altos, matorrales mediterráneos y también árboles frutales puestos por el hombre. La vista se recrea viendo todo aquel mundo que parece no tener fin. Al final, llegamos a la playa, muy larga, de varios kilómetros, arenas blancas y finas. Pasamos por delante de las salinas, los espejos brillantes que miran al sol. Hay riqueza natural, se respira, se presiente.

 Hacemos una parada en un restaurante de la zona y pedimos lo de allí: arrosexat del delta. Nos decantamos por el de pescado, con cangrejos y sepia. Pero antes, para picar nos sugieren unas ortigas de mar fritas y unas huevas de tenca.

 Todo eso lo mojamos con un vino blanco de la tierra, sabroso, denominación de origen Terra Alta.





Y después de una rica y agradable comida nos damos un paseo a través de la vegetación, con la brisa marina refrescando y reduciendo el calor del potente sol del mediodía. 

Los flamencos, patos y garcetas siguen buscando sus cosas, levantamos la mirada y al fondo las montañas, justo en el lado opuesto el mar Mediterráneo, ambos enmarcando esta bella tierra que ya estamos a punto de dejar con la idea de volver pronto.

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